Estabas ahi, durmiendo, a mi lado, con esa respiración del que descansa plácidamente después de una agradable velada. Yo ahí cerquita, donde se siente el roce de los cuerpos aún sin tocarse, pasando los minutos observando todos y cada uno de los pliegues de tu espalda. Desconocía que hora era, desconocía cuanto llevaba así, el tiempo se había paralizado para mí. En mis ojos, tu figura; en mi boca, una sonrisa; en mi mente, el recuerdo de cada segundo que pasamos la noche anterior. Todo era perfecto, me empeñaba en no romper ese instante mágico, imborrable en mi memoria, pero tuvo que pasar… algo decidió que era demasiado bonito… La cama vacía, la sonrisa desdibujada, nada ante mis ojos… El despertador había sonado recordándome que todo aquello había sido solo un sueño.
Estaba ahi parada en el punto intermedio en el que las cosas no parecen ir para delante ni para atrás. Aquel pasillo era largo, no sabía cuanto, pero sí que ya había recorrido gran parte.
Las habitaciones se sucedían unas tras otras con más o menos coherencia. Delante de si, una puerta cerrada, una habitación más, una incursión a lo desconocido. Detrás de sí, unas cuantos sitios ya pasados.
Algunas habitaciones eran ordenadas, limpias, llenas de buenos recuerdos; otras con cristales rotos, sucias, desordenadas, capaz de entristecer a cualquiera; otras más, las menos, ausentes, espectadoras de una estancia vacía, sin malos ni buenos recuerdos, ocupando todo ese tiempo que la memoria no puede retener.
Cuando en un sitio se ha pasado mucho tiempo hay que cambiar de aires, no es una opción, no hay más remedio. Esta época no suele antojarse buena, desprenderse de lo poco o mucho que se tenga, aún siendo malo, cuesta, mucho, pero en la vida no vamos haciendo lo que queremos, sino adaptándonos a lo que ella nos va deparando.
Y en ese punto, justo en ese punto estaba ahora. Demasiado tiempo en aquella habitación sucia y rota donde cada momento de más quedándose ahí no hacía sino aumentar el desastre. Sabía que tenía que traspasar esa puerta, que debía hacerlo pronto, pero la incertidumbre angustiaba tanto que solamente coger el picaporte hacía temblar. No sabía cuantas habitaciones más quedaban, asi que algo decía que no se podía desaprovechar la siguiente. Ya no hay vuelta atrás, hay que abrir la puerta aún sin fuerzas.
Solo queda esperar que la siguiente sea buena.
Hace un par de meses, fnac.es publicó un concurso de microrrelatos (máximo 150 palabras) con la temática del libro. Cómo era de esperar, el mio no ha sido uno de los 20 seleccionados de entre los más de 5000 participantes que nos presentamos. Ya han publicado los finalistas. Si os gustan o no, eso os lo dejo a vuestro criterio, el mío dice que hay de todo, unos buenos y otros que no lo son tantos, pero ya veremos a los ganadores.
Os dejo aquí el que yo presenté.
Me acomodé en aquel hermoso lugar. Quería estar segura de que no existía la más mínima posibilidad de ser molestada. Había esperado tan impacientemente ese regalo que el solo hecho de tenerlo entre mis manos me daba una extraña sensación de nerviosismo. Lo acaricié cerrado, preparándome para alejarme del mundo real y formar parte de aquella aventura. Sabía que, una vez empezado, cada letra, cada párrafo, cada página, me llevaría a la siguiente sin esfuerzo. Sería como una droga de la que no podría escapar, y en la que cualquier contacto con la realidad desaparecería. Solos mi libro y yo, mi historia y mi imaginación, mi lugar encantado entre las hojas. Abrí mi preciado regalo y empecé a leer. Efectivamente me estaba adentrando en el mundo de los sueños. Al menos allí, era cómplice de cada personaje. Al menos allí, la protagonista de mi historia era yo.
La abracé fuertemente junto a mi. Hacía tanto tiempo que no estaba con ella, que un cierto nerviosismo me atravesaba el cuerpo. Quería recuperar todo el tiempo perdido, pero sabía que eso no era posible. Muchas de las cosas que me había enseñado perduraban, aunque los dos sabíamos que el tiempo había hecho mella sobre todo en mi, y que tendría que volver a acostumbrarme a aquello.
La saqué de su ropa, y los recuerdos de momentos anteriores se agolparon en mi cabeza. La cogí entre mis manos, suavemente, despacio, y la hice vibrar. Algo vibró al mismo tiempo en mi. Ya no recordaba lo que era aquello, o quizás, como en la mayoría de los momentos, el reencuentro siempre es inmensamente mayor que la rutina. Sea como fuere, lo cierto es que aquel momento fue mágico, profundo. Aquella pequeña habitación donde me encontraba se había convertido en un gran reino para mi, en el que solo cabíamos ella y yo.
No tenía mucha experiencia en la materia, pero sabía que con ella mi cabeza volaba, que no importaba la perfección, que solo importaban los sentimientos que provocaba.
En ese momento me encontraba feliz, melancólica y feliz. Aquel reencuentro con mi guitarra olvidada me había devuelto una sonrisa. El solo hecho de afinar sus cuerdas me hacía imaginar como el Maestro Rodrigo tocando el concierto de Aranjuez delante de 150000 personas. Tenía que volver a aprender, no importaba, aunque mis notas fueran malas había sido un buen comienzo.
Sigo recurriendo a relatos pasados a la espera de tiempo e inspiración para otros nuevos. Creo que pronto me voy a quedar sin ellos

Se sentó en el andén de la vieja estación. En realidad no se había llegado a plantear si quería ir a aquel lugar, simplemente lo hizo como si saliera de un impulso interior. Sabía que estaría bien, no lo dudaba, y eso le daba seguridad. Durante aquel largo trayecto buscó algo con lo que entretenerse, algo que no le hiciera recordar, algo que quitara de la cabeza sus pensamientos. Lo cierto es que se estaba acostumbrando a pensar en sus sueños con tanta intensidad que había terminado por no distinguir cual de todas sus “vidas” era la real y cuales las soñadas. Se estaba acostumbrando a vivir sola, a interpretar ella misma todos sus personajes, a escribir todos los principios y todos los finales.






Comentarios Recientes