Al igual que Ampharou, me presenté al concurso de microcuentos que Cadena Ser organiza. Las bases, un máximo de 100 palabras y que comience con la frase del ganador de la semana anterior. Como yo tampoco he salido finalista, os dejo aquí el relato.
Olvidando recordar
“¿Te acuerdas de mi?” me dijo. A juzgar por la cara de emoción de aquel hombre debimos haber pasado grandes ratos en el pasado.
Antes de darme cuenta, me había contado los últimos veinte años de su vida, recordado aventuras juntos y enseñado las fotos de toda su familia.
Después de un instante reaccioné. Tenía que confesarle que no lo recordaba, debería hablarle de esa tormentosa enfermedad que había dejado en blanco mis recuerdos.
Se trataba de una extraña sensación. Cómo decirle a alguien que parecía quererme mucho que todo se había esfumado de mi mente. Cómo decirle que se me había olvidado recordar.
Estabas ahi, durmiendo, a mi lado, con esa respiración del que descansa plácidamente después de una agradable velada. Yo ahí cerquita, donde se siente el roce de los cuerpos aún sin tocarse, pasando los minutos observando todos y cada uno de los pliegues de tu espalda. Desconocía que hora era, desconocía cuanto llevaba así, el tiempo se había paralizado para mí. En mis ojos, tu figura; en mi boca, una sonrisa; en mi mente, el recuerdo de cada segundo que pasamos la noche anterior. Todo era perfecto, me empeñaba en no romper ese instante mágico, imborrable en mi memoria, pero tuvo que pasar… algo decidió que era demasiado bonito… La cama vacía, la sonrisa desdibujada, nada ante mis ojos… El despertador había sonado recordándome que todo aquello había sido solo un sueño.
No me lo tengas en cuenta
que en los sueños de cada noche
el protagonista ya no seas siempre túNo me lo tengas en cuenta
que los hormigueos del estomago
ya no sean más por tiNo me lo tengas en cuenta
que no esté siempre a tu lado
como antes solía hacerNo me lo tengas en cuenta
porque no te diste cuenta
cuando soñaba contigo
cuando aún estaba aquí
Estaba ahi parada en el punto intermedio en el que las cosas no parecen ir para delante ni para atrás. Aquel pasillo era largo, no sabía cuanto, pero sí que ya había recorrido gran parte.
Las habitaciones se sucedían unas tras otras con más o menos coherencia. Delante de si, una puerta cerrada, una habitación más, una incursión a lo desconocido. Detrás de sí, unas cuantos sitios ya pasados.
Algunas habitaciones eran ordenadas, limpias, llenas de buenos recuerdos; otras con cristales rotos, sucias, desordenadas, capaz de entristecer a cualquiera; otras más, las menos, ausentes, espectadoras de una estancia vacía, sin malos ni buenos recuerdos, ocupando todo ese tiempo que la memoria no puede retener.
Cuando en un sitio se ha pasado mucho tiempo hay que cambiar de aires, no es una opción, no hay más remedio. Esta época no suele antojarse buena, desprenderse de lo poco o mucho que se tenga, aún siendo malo, cuesta, mucho, pero en la vida no vamos haciendo lo que queremos, sino adaptándonos a lo que ella nos va deparando.
Y en ese punto, justo en ese punto estaba ahora. Demasiado tiempo en aquella habitación sucia y rota donde cada momento de más quedándose ahí no hacía sino aumentar el desastre. Sabía que tenía que traspasar esa puerta, que debía hacerlo pronto, pero la incertidumbre angustiaba tanto que solamente coger el picaporte hacía temblar. No sabía cuantas habitaciones más quedaban, asi que algo decía que no se podía desaprovechar la siguiente. Ya no hay vuelta atrás, hay que abrir la puerta aún sin fuerzas.
Solo queda esperar que la siguiente sea buena.
Hoy, en mi rincón, continuo con las notas que el elfo ha empezado en la otra habitación.
Las cervezas no solo están frias, sino que ya empiezan a agotarse de tanto beber.
Cada gota de alcohol, cada sorbo, se llevan parte del acorde de nuestras vidas y dan paso a la siguente estrofa. Quizás habría que cambiar de canción.
Esta noche la Luna voverá a escuchar nuestra serena locura. Una locura aparente que esconde el sosiego de nuestra cabeza. Una serenidad aparente que esconde la locura del corazón.
Enciendo un cigarrillo y dejo la mirada quieta. Tener la mente en blanco ayuda a la inspiración. Y la imaginación empieza a volar. La música empieza a sonar. La voz se empieza a apagar de tanto usar.
Aún así, con la voz cada vez más desgarrada, hay que seguir cantando, hay que seguir bebiendo, hay que seguir tocando.
Después volverá a salir el Sol, y con la resaca amanecerá un nuevo día que inspirará la siguiente nota. La nevera seguirá enfriando y la música seguirá sonando.
Otra vez una canción triste. Otra vez una bella canción.
Me emborraché por ti
y todos me contaron
que te vieron triste
No soy capaz de hablar
no cabe en una noche
lo que yo te quise
Las cosas cambian
la vida mancha
cambiando el color
Anoche me bebí
un litro de mi vida
para ver tus fotos
Y vi salir el sol
sentada en la azotea
entre cristales rotos
Las malas rachas
siempre son largas
yo no puedo más
Y sigo aquí en Madrid
buscando alguna excusa
para estar más cerca
Sin planes sin saber
qué pasará mañana
si el dolor aprieta
Llorando por nada
perdiendo la calma
viviendo al revés
Todo lo que quise decir
y todo lo que dejo por ti
sabes que yo siempre creí
y sabes que te espero en Madrid
Rebeca Jimenez






Comentarios Recientes